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Estación de ferrocarril de Colima. Al fondo, el viejo puente peatonal.

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Puente del ferrocarril en la entrada del Tívoli. Salida a Manzanillo.

En fechas recientes, y debido a mi nuevo trabajo, he tenido la oportunidad de recorrer algunos puntos de la ciudad que, para mi sorpresa, están repletos de gratos recuerdos de mi infancia. En especial, al andar en inmediaciones de la Colonia Popular, Parque Hidalgo, y la pista de aviación (que creo hoy se identifica con el nombre de Paco Zaragoza).
Desde muy chavito, mi papá aprovechaba cualquier oportunidad para pasearme. La estación del tren era un lugar que frecuentábamos mucho, en gran parte debido al hecho de que una de sus hermanas, mi tía Teresa, vivía cerca, en la Colonia Popular.
Con mi tía Teresa en particular pasé mucho del tiempo de mi infancia, y siempre fue el familiar paterno con el que más conviví y hasta viví con ella una pequeña temporada. Cuando iba a visitarla era clásico pasármela en el Río Manrique buscando tortugas, jugando en el camión abandonado que había cerca del río, o disfrutando plenamente en los juegos del Parque Hidalgo, donde se hacía un tianguis en el que más de una vez mi tía me compró botas vaqueras, pero como nunca fue mi estilo, poco las usaba.
Eran los tiempos en que todavía existía el tren de pasajeros, así que puedo presumir que viajé en tren de Colima a Tuxpan, aunque casi no me acuerdo de ello, será por la edad que tenía en aquel entonces.
Lo que sí recuerdo es el movimiento que existía en la estación, que me sigue pareciendo muy amplia. La expectativa de los pasajeros próximos a abordar, los vendedores colocando sus productos de un lado a otro. La alegría que me daba ver llegar un tren, cuando trataba de contar todos sus vagones y memorizaba cómo se llamaba cada uno. Cuando se paraba el tren, mi papá aprovechaba y con permiso de los maquinistas me subía a cada carro a tomarme fotos, incluso al cabús, que aún existía.
Cuando no estábamos a nivel de suelo en la estación, estábamos sobre el puente peatonal que da servicio a la gente del Tívoli. Por esos tiempos, en el corral de una de las casas de la mencionada colonia, tenían un chivo. Parece raro, pero a mí me divertía ir a ver al chivo desde el puente, ya era referencia y ya le pedía a mi papá que fuéramos a verlo… Hasta que un día ya no hubo chivo, y sólo nos quedó suponer que no tuvo un fin muy afortunado.
Ocasionalmente, aprovechando que estábamos en las inmediaciones, nos dirigíamos al aeropuerto, donde se repetía el ritual fotográfico, ahora en aviones y avionetas.
Tuve la oportunidad de conocer por dentro esos ahora rústicos aviones de pasajeros, treparme en sus alas o en la nariz del aparato, precisamente para las fotos que mi padre disfrutaba más que
yo.
También había cierto movimiento en la caseta del aeropuerto, pues recuerdo vagamente que se ofrecía comida, amén de distintas golosinas. Por alguna razón aún relaciono las pasas con chocolate con el lugar. Y claro que íbamos a la hora en que ya iba a salir algún avión. Muchas veces nos quedamos a verlo salir y otras tantas mi padre tomaba el tiempo e íbamos al punto directo en que salía en línea recta el avión por la carretera a Manzanillo.
Supongo que mi padre no dejaba de maravillarse con ambos vehículos que, de niño, nunca le tocó ver.
El caso es que, hoy en día, a ello debo la fascinación que siento por los trenes. De los aviones tal vez no tanto, pero supongo que es por la evolución de los aeropuertos, que me dan mucha hueva (aunque invariablemente sigo mirando al cielo cuando oigo el motor de un avión). Y en cuestión de trenes, me sigue pareciendo algo casi mágico, y en alguna ocasión he disfrutado de largas caminatas por la vía en diferentes puntos.
Cuando estoy en la casa de Cuyutlán, que queda a una cuadra de la vía, al oir el silbato del tren corro inmediatamente a verlo pasar, a tratar de colocar una moneda para conservarla toda aplanada como una especie de talismán. A veces mi papá llega antes que yo. Es algo con lo que siempre va a ir ligado mi padre.
Y, curiosamente, al recorrer de nuevo esas calles de la estación, en las ruinas de lo que fue una casa y justo en el corral, me encontré a unos chivos pastando. Tal vez sea el mismo que yo visitaba hace tantos años y lo único que pasó con él fue que, simplemente, un día decidió treparse al tren en busca de aventura, y ahora finalmente está de regreso en el lugar en que creció, pero ya con familia. Eso supongo, al menos. No me detuve siquiera a saludar, y menos tuve tiempo de preguntarle, debido a lo atareado que me encontraba.

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Chivos junto a la estación.

SEMANA SANTA.

Publicado: abril 8, 2012 en Anécdotas, Divagaciones, Relatos

Dicen que los ateos deberíamos ser congruentes y no disfrutar los días de descanso de Semana Santa. A mí me ha tocado trabajar esos días y no es cosa del otro mundo, aunque sí se siente medio feo estar trabajando cuando todos los demás no.Debido a eso es que cuando existe la posibilidad de tomar esas vacaciones siempre aprovecho. Además, yo sí tengo algo qué festejar.

En los días “santos” siempre me las arreglaba para escaparme a la casa familiar de la playa, en Cuyutlán. A veces en la llamada “Semana Mayor”, a veces en la de Pascua; un par de días o toda la semana dependiendo de mis posibilidades.
Me gustaba -aparte del mar y otros atractivos- lo grato de convivir con mi familia, a la cual prácticamente no veía el resto del año.
Fue precisamente en Semana Santa cuando, al estar sentado en una banca del malecón contemplando el ir y venir del oleaje, escuché un altavoz anunciar que al día siguiente se llevaría a cabo una carrera cuyo inicio sería en el mismo Cuyutlán y la meta en El Paraiso, nueve kilómetros por la playa.
El resto del día me lo pasé pensando en ello y considerando los mentados nueve kilómetros como una distancia no tan complicada de cubrir y me dieron ganas de recorrerla en una tranquila caminata.
Durante todo el Jueves repasé la idea y planeé con mucha emoción lo que sería mi aventura en solitario.
Desde esos días de mi juventud ya tenía cierta cantidad de dudas existenciales, y mi lectura elegida para las vacaciones terminó por definirme.
En las primeras horas del Viernes Santo, cerca de la una de la mañana, terminé de leer el primer libro de Caballo de Troya de J.J. Benítez, el cual me impresionó bastante y me dió un objetivo adicional a la simple caminata.
A pesar de la desvelada, poco antes del amanecer del Viernes me levanté, preparé mi mochila la cual llevaba agua y algo de comida, además de mi walkman, una decena de cintas, mis fieles libretas y lápices y plumas de dibujo, binoculares, y alguno que otro amuleto para la buena suerte.
Salí a caminar con mucho entusiasmo. Recibí al Sol al cabo de unos pocos minutos entre la música en mis auriculares y el arrullo del mar. Conocí por primera vez el tortugario y descubrí algunas conchas tiradas en la arena que me acompañaron en mi caminata desde el interior de mi mochila.
A la mitad del camino hice una pausa.
Tras descansar un buen rato, reanudé mi andar hasta arribar finalmente a mi destino.
Desafortunadamente, mi capital era de sólo 20 pesos, los cuales utilicé en comprar una nueva botella de agua y una muy raquítica torta que me supo mejor al comerla a la orilla del estero, lo que añadió un poco más de sabor a la aventura al tener la vista alerta por si acaso algún saurio también quería alimentarse en el mismo sitio que yo.
Con muy poca energía, emprendí un regreso tortuoso.
Pretendiendo evitar el cansancio que produce caminar por la arena de la orilla del mar, decidí orientar mis pasos un poco más tierra adentro, por las huertas de palmeras que bordean la playa y resultó que al estar más floja la arena en este punto mi esfuerzo fue mayor.
Traté de regresar a la orilla del mar con el inconveniente de que una valla de arbustos espinosos me separaba de esta. Encontré una especie de camino angosto por el cual recorrí cerca de 20 metros para encontrar que los últimos 2 metros que me separaban de la playa estaban bloqueados con más arbustos. Haciendo un poco el ánimo y sin ganas de volver sobre mis pasos, tomé mi mochila como ariete y avancé sobre -y entre- las espinas, obteniendo un doloroso éxito.
Al cabo de lo que me pareció una eternidad, pero que no pasó de un par de horas, llegué por fin a la casa. Asoleado, espinado y sumamente cansado. Y a pesar de que dormí muy incómodamente debido a la fuerte insolación, la caminata por la playa la repetí cada año, a veces doblemente, a veces yendo más allá.

Lo que hizo realmente importante la primera caminata fue la pausa a la mitad del camino. Llegué a un punto donde existía algo de basura en la arena, troncos, ramas, conchas y alguna botella de plástico. Aproveché uno de estos troncos para sentarme, aproximé una tabla que estaba tirada a un lado y con mi marcador escribí un juramento. Entre otras cosas, me acepté como no creyente, me comprometí a seguir mi propio camino y a no dejarme influir por alguien más y a pensar detenidamente las cosas antes de emitir un juicio.

Yo cada Semana Santa conmemoro esto. Supongo, entonces, que sí tengo derecho a mis días de descanso, aunque sea para hacer una nueva pausa. En cuanto a la pequeña tabla donde hice mis anotaciones… Aún me la cuida el mar y cada vez que lo veo le rindo cuentas de mi progreso.

EL PAPILLÓN.

Publicado: febrero 6, 2012 en Anécdotas, Relatos
Tapa del Papillón autografiada. Uno de mis tesoros.

Tapa del Papillón autografiada. Uno de mis tesoros.

Desde que me lesioné sólo había regresado una vez al gimnasio, precisamente tuve la oportunidad de saludar al colega Papillón y conversar un poco con él. Se acercaba la esperada lucha del 17 de Diciembre donde junto a su vástago enfrentaría a Mano Blanca y uno de sus hijos en un choque de dinastías, que al final no resultó como estaba planeado. Aprovechamos para cotorrear un rato y amarrar navajas entre ambos contendientes… Todo en broma, Mano Blanca y El Papillón se tenían mucho aprecio.
Desafortunadamente ya no pude asistir a tal lucha, que pintaba interesante. La noche del 12 de Enero me cayó como balde de agua fría la noticia de que esa misma mañana sepultaron al Papillón. Simplemente no lo podíamos creer. El aviso también llegó lo suficientemente tarde como para hacerme imposible darle el último adiós.
Aunque no era originario del estado de Colima, fue uno más de sus hijos adoptivos. Tal vez en algún momento se resbaló en La Piedra Lisa y el famoso encanto surtió efecto. Alternaba su quehacer luchístico con su trabajo de plomero, ambos desempeñados con un notable profesionalismo. También daba clases de Lucha Libre a un pequeño grupo, compuesto de su hijo -Papillón Junior-, un par de sobrinos y algunos otros muchachos que tuvieron la fortuna de recibir sus enseñanzas. Él era muy estricto, tenía un temperamento muy fuerte y era notorio su enorme respeto por la lucha, por eso ganó fama de regañón.
Su semblanza, para sorpresa mía, apareció en la revista “Súper Luchas”, poco después de su fallecimiento. De mi parte sólo me queda añadir que afortunadamente conté con su amistad, aprendí mucho de todas sus pláticas y tuve el honor de que, con su trayectoria, le interesara mi opinión en asuntos luchísticos.

Hace unos días, en visita a los compañeros, me enteré de un par de relatos:

Mano Blanca, platicaba sin poder ocultar el sentimiento: “-El día que sepultaron a mi parejita yo iba a mi negocio. En el camino me detuve a echar gasolina y fue cuando me encontró un amigo y me dijo si sabía que se había muerto El Papillón. Le comenté que con eso no se juega, pero me juró que era verdad, que lo acababan de enterrar. Llegué a mi puesto de tacos muy agüitado y apenas estaba acomodando las cosas cuando de repente me llegó un olor… ¿Te acuerdas del perfume que siempre, siempre traía puesto? ¡Pues ése olor era el que estaba ahí en mi puesto! ¡Mi parejita me fue a visitar! Le pregunté a mi señora que si a ella no le llegaba el olor y me dijo que sí… Le dije, es el olor del perfume del Papillón. Nos quedamos un rato callados. El olor duró una media hora y después se perdió…”

También a unos muchachos les tocó un episodio extraño:
Era la misma semana de la muerte del Papillón. Aproximadamente a las diez de la noche se encontraban entrenando Ángel Star, Ángel Rebelde y Sombra Del Mal acompañados de otra persona. Eran los últimos y les pidieron que cerraran ya el local. Se dirigieron a la salida, apagaron las luces y justo en ése momento escucharon una risa “como de niña” en los baños. Se miraron extrañados, ahí ya no había más personas que ellos. Cerraban la cortina cuando volvieron a escuchar ruido: alguien estaba cuerdeando y marcando en el ring. Se escuchaba el ruido de las cuerdas al ser empujadas con mucha fuerza, y los golpazos en la lona al marcar caída de tres cuartos. Decidieron no averiguar de qué se trataba y consideraron prudente alejarse lo más rápidamente posible del lugar. Hoy juran que era El Papillón que fue a entrenar quizá por última ocasión.

Me da por creer que El Papillón sí se despidió de su pareja Mano Blanca y sí regresó a entrenar. Así era él.