DE TRENES, AVIONES… Y CHIVOS.

Publicado: enero 31, 2013 en Anécdotas, Divagaciones, Fotos
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Estación de ferrocarril de Colima. Al fondo, el viejo puente peatonal.

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Puente del ferrocarril en la entrada del Tívoli. Salida a Manzanillo.

En fechas recientes, y debido a mi nuevo trabajo, he tenido la oportunidad de recorrer algunos puntos de la ciudad que, para mi sorpresa, están repletos de gratos recuerdos de mi infancia. En especial, al andar en inmediaciones de la Colonia Popular, Parque Hidalgo, y la pista de aviación (que creo hoy se identifica con el nombre de Paco Zaragoza).
Desde muy chavito, mi papá aprovechaba cualquier oportunidad para pasearme. La estación del tren era un lugar que frecuentábamos mucho, en gran parte debido al hecho de que una de sus hermanas, mi tía Teresa, vivía cerca, en la Colonia Popular.
Con mi tía Teresa en particular pasé mucho del tiempo de mi infancia, y siempre fue el familiar paterno con el que más conviví y hasta viví con ella una pequeña temporada. Cuando iba a visitarla era clásico pasármela en el Río Manrique buscando tortugas, jugando en el camión abandonado que había cerca del río, o disfrutando plenamente en los juegos del Parque Hidalgo, donde se hacía un tianguis en el que más de una vez mi tía me compró botas vaqueras, pero como nunca fue mi estilo, poco las usaba.
Eran los tiempos en que todavía existía el tren de pasajeros, así que puedo presumir que viajé en tren de Colima a Tuxpan, aunque casi no me acuerdo de ello, será por la edad que tenía en aquel entonces.
Lo que sí recuerdo es el movimiento que existía en la estación, que me sigue pareciendo muy amplia. La expectativa de los pasajeros próximos a abordar, los vendedores colocando sus productos de un lado a otro. La alegría que me daba ver llegar un tren, cuando trataba de contar todos sus vagones y memorizaba cómo se llamaba cada uno. Cuando se paraba el tren, mi papá aprovechaba y con permiso de los maquinistas me subía a cada carro a tomarme fotos, incluso al cabús, que aún existía.
Cuando no estábamos a nivel de suelo en la estación, estábamos sobre el puente peatonal que da servicio a la gente del Tívoli. Por esos tiempos, en el corral de una de las casas de la mencionada colonia, tenían un chivo. Parece raro, pero a mí me divertía ir a ver al chivo desde el puente, ya era referencia y ya le pedía a mi papá que fuéramos a verlo… Hasta que un día ya no hubo chivo, y sólo nos quedó suponer que no tuvo un fin muy afortunado.
Ocasionalmente, aprovechando que estábamos en las inmediaciones, nos dirigíamos al aeropuerto, donde se repetía el ritual fotográfico, ahora en aviones y avionetas.
Tuve la oportunidad de conocer por dentro esos ahora rústicos aviones de pasajeros, treparme en sus alas o en la nariz del aparato, precisamente para las fotos que mi padre disfrutaba más que
yo.
También había cierto movimiento en la caseta del aeropuerto, pues recuerdo vagamente que se ofrecía comida, amén de distintas golosinas. Por alguna razón aún relaciono las pasas con chocolate con el lugar. Y claro que íbamos a la hora en que ya iba a salir algún avión. Muchas veces nos quedamos a verlo salir y otras tantas mi padre tomaba el tiempo e íbamos al punto directo en que salía en línea recta el avión por la carretera a Manzanillo.
Supongo que mi padre no dejaba de maravillarse con ambos vehículos que, de niño, nunca le tocó ver.
El caso es que, hoy en día, a ello debo la fascinación que siento por los trenes. De los aviones tal vez no tanto, pero supongo que es por la evolución de los aeropuertos, que me dan mucha hueva (aunque invariablemente sigo mirando al cielo cuando oigo el motor de un avión). Y en cuestión de trenes, me sigue pareciendo algo casi mágico, y en alguna ocasión he disfrutado de largas caminatas por la vía en diferentes puntos.
Cuando estoy en la casa de Cuyutlán, que queda a una cuadra de la vía, al oir el silbato del tren corro inmediatamente a verlo pasar, a tratar de colocar una moneda para conservarla toda aplanada como una especie de talismán. A veces mi papá llega antes que yo. Es algo con lo que siempre va a ir ligado mi padre.
Y, curiosamente, al recorrer de nuevo esas calles de la estación, en las ruinas de lo que fue una casa y justo en el corral, me encontré a unos chivos pastando. Tal vez sea el mismo que yo visitaba hace tantos años y lo único que pasó con él fue que, simplemente, un día decidió treparse al tren en busca de aventura, y ahora finalmente está de regreso en el lugar en que creció, pero ya con familia. Eso supongo, al menos. No me detuve siquiera a saludar, y menos tuve tiempo de preguntarle, debido a lo atareado que me encontraba.

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Chivos junto a la estación.

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